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Las cucharillas

Enviado por Edurire el 18/06/2011 a las 09:38 PM

La pareja se echa de costado, el hombre detrás de la mujer, penetrándola por la vagina. Si él se pega a la espalda de su compañera, se percibe claramente la imagen de dos cucharillas encajadas.

Las cucharillas
© Alejandro Rodriguez

Esta posición cuenta con muchas ventajas: al estar ambos recostados cómodamente, pueden tomar tanto tiempo como quieran para abandonarse al placer, acariciarse o besarse. Las manos del hombre alcanzan los pechos, el vientre y el sexo de su amante. Si se aparta un poco, podrá mimar la espalda, las caderas y las nalgas de la mujer.

No es necesario que el hombre se dedique a un vaivén demasiado rápido. Puede aprovecharse de la postura de las cucharillas para entrenarse en retener su eyaculación. Con movimientos lentos y suaves, la excitación se mantiene moderada y acostumbrará su miembro a las sensaciones provocadas por la vagina. Las cucharillas es la posición perfecta para tomarse su tiempo, jugar con los matices de las sensaciones y aprender más que en otras posturas, en las que la excitación es primordial.

Las mujeres que adoran esta posición se refieren al placer de dejarse hacer, de sentir la mano del otro relajando su cuerpo paulatinamente. Es el momento de olvidar los problemas cotidianos y concentrarse en su propia excitación, sentir como su deseo las embriaga poco a poco.

A otras, sin embargo, no les gusta dar la espalda a su pareja o, llegado el momento, desean pasar a la acción, tomar la iniciativa de acariciar, besar y estregarse contra el cuerpo de su hombre. La posición de las cucharillas es un paso al principio del juego amoroso, pero también puede darse en el caso del sobrepeso de la pareja o el embarazo de la mujer.

La fuerza emocional de esta posición es absolutamente real, como lo enseña con talento Robert Merle en su novela Week-end à Zuydcoote. Uno de los personajes cuenta: “Me acuerdo de esas noches cuando caían chuzos de punta como para poner la casa patas arriba. Yo y mi mujer, los dos en el sobre, calentitos con la lámpara al lado. Así es la vida, ¡digo! Y se la ensartaba por detrás, y le acariciaba el vientre. ¡Ay Dios! Es así como uno se siente un hombre, de verdad, y mi mujer, con el pico cerrado… ¡No había más que nosotros dos en la tierra, mi mujer y yo! ¡Estábamos como reyes! Así es la vida, ¡digo! si me preguntas.”   

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